Japon de hoy: Terremoto, tsunami y energía nuclear. Parte II

 

Como en la peor de las pesadillas, la ola fue avanzando arrasándolo todo a su paso. Ese agua, madre de la vida en nuestro planeta, es poderosa e implacable. Hemos podido ver sus efectos en todos los rincones del mundo, sin poder hacer más que compadecer a los que allí se encontraban. Perdiendo cuando menos, su hogar, si no están llorando a sus seres queridos.

Ante esta situación de caos y muerte, recuerdo las palabras de un compañero japonés sobre el miedo a la muerte. Se daba que se tenía que probar una reciéen construida montaña rusa, novedosa en su concepción, además de ostentar entonces el record de ser la más larga del mundo. Ya la habían testado con sacos de arena, pero los trabajadores de Parque España, entre los que yo me contaba, ibamos a tener el honor de ser los primeros humanos en subir al artilugio. En seguida, la aprensión: “Esto es un experimento, ¿y si algo va mal?”, le pregunté a un compañero japonés. Su respuesta disipó todos mis temores: “Si quieres subir, hazlo y no temas, porque si te mueres no te vas a enterar”.

Se trata, quizás, de otra manera de ver tanto la vida como la muerte, dadas sus creencias reencarnacionistas. Recuerdo un fragmento del premio nobel de literatura, Norikazu Oé, que siento no poder citar literalmente, pero el mensaje que reflejaba continúa claro en mi memoria. Corrían los tiempos de la ocupación americana tras el fin de la segunda guerra mundial, y el mismo Oé, entonces un niño, rebelándose ante la situación, huyó al bosque, donde buscó refugio en un árbol y allí pasó una noche. El frío y la humedad le provocaron una pulmonía que lo colocó a las puertas de la muerte. Su madre no se movió de su lado durante las intensas fiebres que padeció. Y él mismo se dio cuenta de que podía morir, y, presa del miedo, le preguntó a su madre: -“Mama, ¿y si muero qué?”. Su madre le contestó: “Si mueres, yo te volveré a parir, y te criaré y te educaré enseñándote las mismas cosas que te estoy enseñando ahora, y así estarás otra vez con nosotros”. Esta es la luz que hace no temer la oscuridad.

En esta ocasión, le ha tocado a Sendai, ciudad que para los españoles resulta ciertamente emblemática. Se da el caso que los primeros españoles que llegaron a las costas de Japón arribaron a Sendai. Y en ese barco viajaba San Francisco Javier, jesuita misionero. Fue un viaje que marcó un punto de inflexión en la historia de Japón, pues les dieron a conocer el uso bélico de la pólvora: pesados arcabuces que pronto los artesanos del lugar aligeraron y afinaron, y que le otorgaron la victoria a aquellos que los poseyeron, terminando así con siglos de luchas entre los señores feudales que gobernaban en Japón.

Me pregunto si la estatua que se erigía en Sendai conmemorando esta llegada de los espeñoles seguirá en pie o también la habrá engullido el mar.

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